ESCRITOS

Seres de frontera David Cabrera

 Este texto reflexiona sobre el uso del tiempo y el espacio desde el confinamiento a partir del libro La Melancolía del Ciborg de Fernando Broncano (1). “Las narraciones son la forma más importante en la que los humanos elaboran su experiencia vital y especialmente su experiencia social. Son secuencias de acciones organizadas por una trama que debe ser comprendida para que la historia tenga significado.”

Los seres que habitamos la frontera, o ciborgs (2), no estamos condenados a la obsolescencia sino al cierre de los accesos, las prótesis de cualquier tipo, son llaves a espacios restringidos; si la identidad se construye en el espacio, en la manera de habitar contextos y circular entre ellos ¿cómo nos afectará esta pandemia? La adaptabilidad y futura inmunidad al COVID-19 se convierte en prótesis orgánica para quienes han sufrido el virus y se han recuperado, otra es la suerte de los infectados y de los que aún no lo estamos, pues compartimos un mismo destino: el aislamiento. 

Hoy reducimos los espacios de trabajo, ocio y abastecimiento a la mínima expresión del hogar, desde ese núcleo se desprenden redes virtuales que suplen las necesidades físicas de desplazamiento. Basta con revisar el historial de ubicaciones desde el GPS de un teléfono celular, para darnos cuenta de que la geometría de nuestras rutinas se ha simplificado. Esa misma geometría que dicta la cadencia de los pasos y propicia el encuentro de dos cuerpos extraños que se cruzan siempre a la misma hora del día, ha perdido toda complejidad. Si se reduce el radio de movimiento espacial ¿qué nos queda? Consensuar otras formas de mapear nuestras relaciones para entender nuestro confinamiento o escapar de él. Así que creamos geovisores para graficar la vulnerabilidad del confinado y referenciar cromáticamente las manzanas de su ciudad, afianzando los motivos de su encierro; y es a partir de esta información, que imaginamos la cartografía de un mundo más allá de las murallas que nos limitan, “los ciborgs resisten el tedio dibujando mapas con los que escapan”. 

Los arqueólogos – Giorgio de Chirico, 1927

 Los mapas de los confinados son la promesa de una realidad que se proyecta afuera, en una atmósfera inquietante que en principio será gobernada por quienes posean prótesis: superar el virus significa tener la inmunidad que nos expone a espacios silentes. Resulta paradójico que la melancolía que sentimos sea inversa a la que habita en las obras de Giorgio de Chirico o Edward Hopper (3), lo que ayer cedimos y quizás nunca recuperemos —del todo—, es la capacidad de reconocernos en colectividad y manifestarnos en masa. A pesar de esto, la reversibilidad de estas obras de arte nos golpea todos los días, asomémonos en las ventanas para descubrir ciudades metafísicas que proyectan sobre sus calles las sombras de un puñado de cuerpos que sólo podemos contemplar. Ellos son los llamados a modelar el mundo de afuera, cargándolo con nuevos recorridos, optimizando tiempos y acotando su interacción con rigor antropométrico; antes del día cero, los trazos geométricos del desplazamiento eran surcos que horadaban la tierra en direcciones infinitas, hoy son estrías intermitentes marcadas por suelas de zapatos y gomas de bicicletas que acercan al “consumidor a cualquier tipo de producto o servicio en un mismo lugar sin tener que desplazarse”(4).

Misterio y melancolía de una calle – Giorgio de Chirico, 1914
Gas Station – Edward Hopper, 1940

Somos seres que habitan tiempo y espacio, estamos sacrificando espacio y ganando tiempo, el problema es que no sabemos gestionarlo. Antes los recorridos eran la radiografía de nuestros calendarios, compromisos y rutinas, lugares comunes a los que debíamos llegar puntualmente. Nuestra experiencia de ciudad se limitaba al viaje para ir de un punto a otro en horarios precisos. Si quisiéramos, también podríamos mapear nuestras rutinas, crear bases de datos en las que sea posible traslapar una ruta sobre muchas otras y por fin ponerle nombre a los rostros que encontramos en las intersecciones de nuestras coordenadas. 

Mientras algunos de nosotros no terminamos de entender qué podemos hacer con un tiempo que no pedimos, porque cuando lo reclamábamos no dimensionamos lo que implica tenerlo; otros lo utilizan para repensar las formas de habitar su espacio vital ajustando la red de intercambios que solían tener, aunque eso implique restringir su intimidad bajo una mirada extraña al otro lado de su pantalla. En este entorno de confinamiento, jugamos con la reversibilidad del dibujo: si el silencio de la pintura es capaz de materializarse fuera de nuestras casas, nosotros somos capaces de escribir y trazar mundos posibles a partir de la observación de las prácticas que condicionan el presente. Las iniciativas que invitan a evaluar el uso de los objetos que nos rodean en el ámbito doméstico, así como los proyectos que promueven renaturalizar el espacio público para priorizar la circulación peatonal y el transporte público sobre el vehículo privado compartido; son ejercicios que imaginan realidades alimentadas por supuestos fácticos, en otras palabras, son ejercicios de autopoiesis (5). 

El fin de la primavera – Wilhem Heise, 1927

¿Y qué más puede hacer el confinado sino desprenderse o aferrarse a sus prótesis y desconfiar? Desconfiar de las instituciones a las que cedió buena parte de su libertad a cambio de la promesa de seguridad sanitaria, entre tanto y suspendido en el tiempo, reconstruye su identidad desde una trinchera, adiciona nuevas habilidades y optimiza otras en busca de otros accesos. En este proceso, ya de por si complejo, quien habita en la frontera debe mirar de soslayo y tamizar los múltiples usos que ofrece su herramienta de trabajo, seleccionar e interpretar la información es una habilidad indispensable para no perderse en el ruido de las pantallas que reclaman su atención. Sólo así podrá impactar la realidad y convertirse también él, en imagen parlante con agencia sobre el resto de nosotros.

¿Esta nueva imagen es confiable? ¿Podemos estar seguros que la senda que ha elegido el ser de la frontera es correcta? No, lo que se proyecta desde la mente ciborg es pura incertidumbre. No obstante, en el momento en que la imaginación se materializa en la realidad es materia de cambio, ajuste y refinamiento. Será código abierto que trace nuevos surcos en la geometría que representa nuestra identidad individual y colectiva actualizándose en tiempo real. 

Morning Sun – Edward Hopper, 1952

 

(1) Broncano F., La Melancolía del ciborg, Barcelona, Herder, 2009.

(2) “Los ciborgs son seres exiliados cuya identidad se construye con categorías que tienen que ver más con lo espacial…con un viaje no entendido como destino sino como exploración”.

(3) Su melancolía retrata una atmósfera suspendida en el tiempo, sin la presencia humana que implica el progreso moderno y la tecnificación que enferma al mundo. 

(4) Rappi es una app que entrega productos a domicilio, se definen como una compañía que mejora la calidad de vida porque regalan tiempo para hacer lo que realmente disfrutamos. https://blog.rappi.com/que-es-rappi

(5)  “La poiesis es propuesta como una disposición proyectual creativa frente a la materia, sobre la cual opera en función de una techné específica, es decir, a partir de un método de generación, involucrando eventual y alternativamente al arte y la ciencia.” Cita tomada del Centro Poiesis, Universidad de Buenos Aires https://www.centropoiesis.net/historia

Sobre el autor

Arquitecto por la Universidad Piloto de Colombia. Magister en Arquitectura por la Universidad de Los Andes. Es fundador de la Oficina de Arquitectura Experimental (OAE). En su investigación de maestría se pregunta por la relación entre el dibujo arquitectónico Aldo Rossi y la pintura metafísica de Giorgio De Chirico a través de la Melancolía. Interesado por el arte, la representación arquitectónica y las atmósferas gráficas que dan vida a realidades análogas y digitales.