ESCRITOS

Onironauta Omar Herrera Díaz

Los poetas II

Hoy ha de ser, seguramente, el día más oscuro de todos los días del hombre. En algún lugar la rapiña, cómplice de marines y proxenetas, se ha detenido para segar de un tajo los cantos de alabanza que nacen siempre en los ojos de cualquier niño. Una mujer arrodillada ante su propia muerte lamenta, entre lágrimas, la ausencia del padre de sus vástagos muertos también en una guerra de la cual nunca tuvieron noticias. Dicen los que armaron los brazos infantes que había que dar la vida, la sangre toda en defensa del poquito de miseria que cada día se les servía en la mesa escasa. El hombre, el de la piel tatuada con todos los años de la Tierra, subasta su cabeza a los turistas de fusil, revistas de brillo y lentejuelas. No ha traicionado las enseñanzas del profeta pero intenta apacentar el rebaño entre el humo y las ruinas de la biblioteca de Alejandría.

He visto el nacimiento de un sol tísico que se avalanza sobre una tierra enferma también de sordera crónica, el sueño en los gastados afeites de una mujer con vocación de mariposa nocturna, la solemne hidalguía del indigente cuando extiende la mano desnuda de esperanza.

Hoy ha de ser, repito, el día más oscuro de todos los días del hombre, porque ya se va cerrando la noche y aún los poetas se inclinan sobre una hoja de papel en blanco.

Sísifo (variación)

 

Una y otra vez el muro

pone coto a mi agazajo

como ancla que hacia abajo

tira y retrasa el futuro.

Aún no pasa lo más duro:

sorprende la noche fría,

la permanente agonía

del hombre en el precipicio

prisionero del suplicio

que amordaza su osadía.

Y acaso por rebeldía,

desconfianza o por desvelo,

prefiero mirar al cielo,

perderme en su lejanía,

asumir cada alegría

cual derrota al desamparo.

Si proyectil y disparo

al final se vuelven uno,

no me quedo con ninguno,

prefiero la luz de un faro.

Leipzig 5.30pm

                           Para Marje Hivornen

 

Alguna vez creí que las despedidas,

las tristes despedidas,

solo acontecían

en una casa con vista al mar

llamada isla,

que ajustarse los zapatos de viajero

se convertía en un conjuro

para espantar soledades y desesperanzas.

Soñaba con un sitio

más allá de las fronteras

en que el llanto,

visitante inoportuno,

estaba desterrado del alma de la gente. Nadie alertó del peligro

oculto en el beso de la muchacha que llega con paso ajeno,

de lo fugaz del tiempo

cuando el abrazo se torna impredecible, de que al final

hay que voltear atrás la mirada,

soltar las manos de la muchacha

y regresarse a su propio sueño: “Atención, pasajeros,

el vuelo con destino a…”

Sobre el autor:

Omar Valentín Herrera Díaz (1957) poeta y narrador, miembro de la Uneac. Miembro del Grupo de Creación Poética de la Fundación “Nicolás Guillén”, del “Movimiento Poetas del Mundo” y “Poetas Por la Paz”

 

Ilustraciones por: Paulina Moncada