Escritos

Narcos y la familia Juliana Rodríguez Pabón

El primero de septiembre Netflix lanzó la segunda temporada de Narcos. La primera había mostrado el ascenso de Pablo Escobar, y la segunda, podría decirse, cuenta el descenso. Creo que un tema esencial en la serie, como en muchas otras producciones que se han hecho sobre el narcotráfico, es la familia. Con frecuencia, en las telenovelas colombianas se usa la imagen de la familia para contrastarla con los crímenes y la sed de poder del narco. En este sentido, se ve que, por un lado, es un padre amoroso y consentidor, y, por otro, es un hombre que manda a matar policías y que pone bombas. El discurso sobre la pureza y la bondad de la institución familiar es una fórmula que se repite sin más en Colombia. Así, cuando en una telenovela hay una escena familiar en la que uno podría identificarse a sí mismo, uno simpatiza con el personaje. En esta medida, las telenovelas colombianas sobre narcotráfico reivindican a la familia y con eso al capo, pues muestran que ‘al fin y al cabo era como uno’, que ‘también era humano’, que ‘no era un monstruo’, que ‘tenía un lado sensible’, un ‘punto débil’. (Imagen de El Capo, de RCN) La serie de Netflix, en cambio, usa la imagen de la familia para explicarse las conductas de Pablo Escobar. Como en las telenovelas colombianas, hay en la serie escenas con las que cualquier familia colombiana podría identificarse: las cenas familiares con el padre a la cabecera, la madre cocinando, los chistes entre primos, la actitud protectora de los hombres hacia las mujeres, el padre jugando con los niños, dándoles consejos, etc. Pero en este caso, esto no está hecho para que el público simpatice con Escobar. Al contrario, esta identificación incomoda, pues en vez de vernos a nosotros mismos en la pantalla, vemos al narcotraficante en nosotros mismos. La serie, entonces, entiende muy bien cómo la familia y la violencia, en vez de contrastar una con la otra, se complementan.

Esta relación entre familia y violencia está en el inconsciente colectivo de Colombia. Llamamos, por ejemplo, a muchos de los personajes de la serie (y de nuestra historia) con el artículo ‘los’ precediendo a un apellido: ‘los Ochoa’, ‘los Rodríguez Orejuela’, ‘los Castaño’. La serie hace consciente esta asociación y muestra cómo el cartel de Medellín nace de la defensa de la familia (para vengar el secuestro de Marta Ochoa) y se constituye como una. Muestra también cómo la familia funciona como un argumento que apela a la lealtad (Kiko Monacada, para acabar con la sospecha de Escobar, le dice que son familia, que él es padrino de sus hijos, etc.), y como una justificación de la violencia (Escobar empieza a poner bombas cuando no dejan salir a su familia del país, Gilberto Rodríguez Orejuela le declara la guerra a Escobar cuando éste ataca el matrimonio de su hija, los Ochoa venden a Gustavo Gaviria por tener sexo con su hermana Marina). Así, la idea de ‘todo por la familia’ que tanto se defiende en Colombia es la justificación de la violencia y la criminalidad en la serie.

Hay dos escenas en las que, a mi parecer, la relación familia-violencia es evidente. En la primera temporada, el agente Murphy y su esposa adoptan a una niña y los vemos escogiendo plantas para su apartamento, la esposa declara entonces que son una familia; en la escena inmediatamente siguiente, los nuevos padres van en el carro eligiendo el nombre para su hija, cuando se estrellan por accidente con un taxi y Murphy tiene un altercado con el taxista en el que se vuelve violento y saca su pistola, luego se sube al carro y continúa la conversación como si nada. En la segunda temporada, Escobar baila un tango con su esposa mientras sus sicarios asesinan policías. De esta forma, la serie muestra cómo, contrario a lo que repetimos todos los días, la figura de la familia es un desequilibrio, una inestabilidad, un orden falso. La serie lleva esto al punto en que muestra cómo la defensa que hace Escobar de su familia acaba con otras familias: pues la bomba que pone para persuadir al presidente de que proteja a su familia, asesina a los hijos de otros. El asesinato nace en el seno del matrimonio.

Pero con familia no me refiero necesariamente a la esposa y a los hijos de Escobar y el resto de personajes. La familia puedes ser también la institución que da base a la violencia. El sistema de vigías en las comunas, por ejemplo, funciona como una familia, pues Escobar apadrinaba niños heredándoles un arma, y dándoles responsabilidades. En este sentido, Narcos deja ver cómo Escobar no era un patriarca solo de su familia sino de Medellín y de Colombia. La figura del arma, entonces, representa el falo del patriarca y es un símbolo de la paternidad. Al adquirir un arma, los jóvenes de Medellín adquirían un padre -un patrón- y la posibilidad de ellos mismos serlo también algún día.

En la segunda temporada, Tata, la esposa de Escobar, compra un arma porque está preocupada por la seguridad de su familia, pues Carrillo y el bloque de búsqueda los andan buscando. Escobar, entonces, le hace una emboscada a Carrillo y a sus hombres. Cuando vuelve de matarlo, su esposa le sirve té y le devuelve el arma, restableciendo así el orden de la familia: los hombres defienden a las mujeres. Ellos tienen las armas.

Finalmente, me interesa el tema de la paternidad y la herencia. Hay en la segunda temporada tres parejas de padre e hijo: Fernando y Simón, el coronel Hugo Martínez y su hijo, y Pablo Escobar y su padre. Sobre los primeros puede decirse que Fernando le heredó la cobardía que siempre lo identificó a su hijo Simón, y que cuando éste lo demuestra, el padre lo convence de enfrentar el peligro apelando a su hombría, práctica muy común en las familias colombianas. Sobre los segundos, me parece que hay dos escenas gemelas que muestran el poco contraste que hay entre Escobar y el gobierno. En la primera temporada, la primera vez que sale Escobar, sale sobornando a unos policías en una carretera. Cuando los policías no acceden, Escobar los amenaza pasivo-agresivamente: les ofrece cosas a cada uno de los miembros de su familia sólo para hacerles saber que sabe quiénes son y que puede hacerle daño a todos. Lo mismo hace el presidente Gaviria cuando el coronel Martínez no acepta el trabajo de jefe del bloque de búsqueda: le dice que su hijo ya ha aceptado pertenecer a esto y que su vida correrá peligro si él no está ahí para protegerlo. Así, la serie equipara a Gaviria con Escobar y al coronel y su hijo con los muchachos reclutados de las comunas. Estado y mafia funcionan como una familia.

Al final, la serie nos recuerda que Escobar no sólo es el patriarca, sino que además es hijo de alguien. Cuando ya está solo con uno de sus apadrinados, busca refugio en la finca de su padre. Estando allá, contempla lo que él no heredó: una vida sencilla, busca la aprobación del padre y no la obtiene. Así, despojado de toda herencia, siendo hijo de nadie, Escobar decide volver a Medellín, llama a su familia para recordarse a sí mismo que tiene una y que está dispuesta a obedecerle. Cuando intenta comunicarse, lo encuentran.

Narcos, entonces, entiende muy bien la relación entre la institución familiar y la violencia en Colombia y muestra que la defensa de la familia es siempre la defensa del patriarca. Esto me recuerda a Breaking Bad, la historia de un hombre castrado que entra al narcotráfico por su familia y al que la vida criminal le devuelve su hombría. Walter White y el Pablo Escobar de Narcos no son lo mismo (nacieron en lugares diferentes, en circunstancias distintas, etc.), pero al mismo tiempo sí lo son, y ellos dos también son y no son lo mismo que los que llamamos padres de familia.