MÚSICA

N HARDEM

La música de N. Hardem es elegante y sutil. No es explícita, sugiere. Pero en esas pistas, inferencias y sombras que son las letras de las canciones de este rapero – o mejor, músico – bogotano se encuentran sentimientos potentes de nostalgia, calma, aventura y curiosidad frente a su entorno. Como el mítico rapero MF DOOM, es difícil identificar quién está tras las gafas y el gorro de N. Hardem – también Uai Peq, un perro negro que transporta almas –. Él huye del protagonismo en la mayoría de sus canciones. Así, con su forma de conjugar los verbos hace posible que quien lo escucha se sienta identificado, aunque sean historias íntimas y personales las que rima.

Tiene varias identidades: recientemente ha explorado un lado más abstracto en Arroyo, del compilado de su sello INDIO y en Mood Swings, un corte del álbum Madaya, de Arango. Esta faceta ha coincidido con su alejamiento de las bases instrumentales típicas del hip hop, para explorar vertientes del jazz. Antes, en el 2017, presentó su EP Lo Que Me Eleva, un proyecto en el que la destreza e imaginación con las que diseña el orden de las palabras solo se ve superado por el impacto emocional que implica escuchar historias tan bellas como Otro Agosto y LQME. El Arkeologo se encargó de toda la producción, una garantía de que el paisaje sonoro iba a estar a la altura de las palabras cuidadas que la cálida voz de Hardem dicta. Previamente, en 2015, su EP Tambor proyectaba imágenes hogareñas y días lluviosos; fue un proyecto casi onírico, en el que no se sabe que es real o si, como en Raheem, todo se acaba cuando el despertados nos despierta. Todos los beats son suyos, y funcionan con precisión para acompañar las fábulas tímidas e introspectivas de Tambor. Finalmente, su debut en el rap colombiano fue Cine Negro (2014), producido por Soul AM. Las instrumentales de jazz y la estética opaca dieron paso a la versión más rapera de N. Hardem, una que demuestra que si hoy los punchlines no son parte usual de su repertorio es por decisión y no por inhabilidad.

Escuchar a N. Hardem no siempre es fácil: conforme se ha ido alejando de recursos clásicos y de una forma de escribir más fácil de relacionar con otras canciones de rap, su arte se ha vuelto más enigmático. Esto no es accidental, se corresponde con su convicción de que la música no debe ser fácil, sino que debe invitar a pensar. Su destreza para rapear sobre beats se ha conservado intacta, de tal forma que las palabras se deslizan suavemente sobre los sonidos de la base, aun si a veces lo hacen con pereza, seduciendo de a pocos los oídos incautos que aún no le creen. Escuchar a N. Hardem puede ser un desafío, y su música le pide al oyente el total de su concentración y compromiso, pero este reto siempre es recompensado por su música. Esta puede que sea gris y melancólica, pero nunca este color y esta sensación habían sido tan intensos como cuando son evocados por uno de los artistas más interesantes de Colombia.

Santiago Cembrano, 2018